Nada mejor, ¡oh, santo hombre!,
que unirse simplemente a Él.
Desde el día en que hallé a mi Dios,
los juegos de nuestro amor ya no han cesado.
No cierro los ojos, no tapo mis oídos,
no mortifico mi cuerpo.
Miro con los ojos muy abiertos, sonrío,
y por doquiera contemplo Su hermosura.
Murmuro su nombre, y todo cuanto veo me habla de Él.
Todos mis actos constituyen un culto que rindo a mi Dios.
La aurora y el crepúsculo me parecen iguales.
Las contradicciones ya no existen para mí.
Por doquiera que voy, en Él me afano.
Todo cuanto hago, lo hago en Su servicio.
Al acostarme me prosterno a Sus pies.
Sólo Él es adorable a mis ojos; no conozco otro.
De mi boca ya no salen palabras impuras.
Día y noche canto Sus alabanzas.
De pie o sentado no puedo olvidarlo,
porque el ritmo de Su canción lo llevo en mis oídos.

Kabir

zen96

Categoria: POEMAS PARA EL ALMA

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